sábado, 24 de noviembre de 2018

Preludio a la tercera antología parnasiana


Con las publicaciones dedicadas a Mallarmé y Cros, este blog enfila su tercer año de traducciones de rimas francesas.  Toca el turno de introducir a los últimos parnasianos, los que aparecieron por primera vez en la tercera antología de “Le Parnasse contemporain”. 

En esta última antología, cómo no, siguieron teniendo una presencia predominante las grandes figuras de los albores del parnasianismo, sobre todo Lisle, Banville, Mendès, Heredia, Coppée, Prudhomme (sólo faltaba Théophile Gautier, fallecido en 1872); y algunos autores cuya fama estaba despegando ya, como Anatole France o Frédéric Plessis. Sin embargo, hubo también ausencias notables, como la de Paul Verlaine (ya que, mientras se recopilaban los poemas, había sido condenado y enchironado por haber tratado de asesinar a Arthur Rimbaud) y las de Stéphane Mallarmé, Charles Cros o Nina de Villard. Tras estas ausencias subyacía el enfrentamiento estilístico y personal entre los defensores de los principios poéticos del Parnaso original, y los renovadores del arte poético y patrocinadores del nuevo simbolismo.

Creo que se entenderá con facilidad el ambiente crispado que presidía las relaciones entre los distintos cenáculos poéticos de París, con sólo mencionar que Anatole France (un militante de izquierdas, y por tanto poco sospechoso de profesar un conservadurismo rancio) dijo de Mallarmé que… sospechaba que quería burlarse del resto de los parnasianos con sus poemas "grotescos". Pues simbolismo quiere decir, en esencia, escribir en francés pero expresándose en chino mandarín, lo que equivale a suprimir peligrosamente la función comunicativa del lenguaje. ¿Por qué tomárselo tan a pecho, dirán algunos? Una imagen puede ser equivalente a un sentimiento, nadie lo duda, pero esto ocurre porque el habla y la expresión son comunes a escritor y lector. La comprensión equívoca, por el contrario, degenera, tarde o temprano, en incomprensión sin paliativos.

Y esto es lo que ocurrió entre los simbolistas y los ya consolidados parnasianos “sensu stricto”. Anatole France, junto a Banville y Coppée, formaba parte del comité de selección designado por Alphonse Lemerre para decidir qué poetas y cuántos poemas formarían parte de la tercera antología. Era predecible que descartaran a los recalcitrantes simbolistas, que reinventando el lenguaje y ya no se refrenaban criticando a la “vieja guardia” en los periódicos. El grado de animadversión y rechazo de unos hacia otros condujo a una clara ruptura del arte mismo: ya no existía una poesía con diversas tendencias, sino dos poesías, o si se prefiere, poesía de tipo A y poesía de tipo B; de suerte que quienes practicaban el tipo A concedían un valor ínfimo o casi nulo a las creaciones poéticas del tipo B, y viceversa. Se reprodujo así el ambiente literario de los años 1830 en Francia, justo cuando se cumplían los cincuenta años de la alegórica "batalla de Hernani": el papel transgresor que antes representaron los románticos, es el que adoptan ahora los simbolistas. Una nueva hornada de escritores entra en liza, la mayoría de los cuales jamás verán publicadas sus obras en conjunción con las de sus adversarios artísticos: porque la tercera antología será la última, y cada facción pasará a editar sus propias publicaciones y a divulgarlas por separado entre sus propios lectores. Aunque, en el fondo, me inclino a interpretar esta animadversión estética como un fiel reflejo de la ruptura social e ideológica que sufrieron el pueblo y la nación de Francia tras los trágicos sucesos de 1870 a 1872 (la derrota ante los prusianos y la lucha fratricida de la Comuna). Francia ya nunca será como antes; y del mismo modo que existirán dos Francias, existirán (y siguen existiendo todavía hoy) dos mundos del arte franceses. O quizá más de dos...

Como colofón a este preludio al último acto o temporada del blog, sería pertinente volver a invocar la genialidad precursora de Charles Baudelaire que, al igual que ocurrió con nuestra Cristóbal Colón, consistió en haberle señalado a la poesía del futuro su nueva ruta: recordemos, la ruta de la ebriedad. ¿Sería, por tanto, tan extraño, que en medio de esa ebriedad, unos y otros parnasianos acabaran “yéndose a dormir la mona” por caminos que se bifurcan?


viernes, 9 de noviembre de 2018

Charles Cros - La vie idéale


LA VIE IDÉALE                                                              EL IDEAL DE VIDA
Del libro “Le coffret de santal”

Une salle avec du feu, des bougies,                             Una habitación con chimenea, velas,
Des soupers toujours servis, des guitares,                 soperas eternamente servidas, guitarras,
Des fleurets, des fleurs, tous les tabacs rares,           flores, floretes, todos los tabacos raros;
Où l'on causerait pourtant sans orgies.                      donde, a pesar de todo, se podría conversar al margen de excesos.

Au printemps lilas, roses et muguets,                         En primavera, lilas, rosas y lirios;
En été jasmins, oeillets et tilleuls                                 en verano, jazmines, claveles y tilas
Rempliraient la nuit du grand parc où, seuls            llenarían la noche del gran parque donde, solos
Parfois, les rêveurs fuiraient les bruits gais.              a veces, los soñadores huirían del alegre alboroto.

Les hommes seraient tous de bonne race,                  Los hombres serían todos de buena estirpe,
Dompteurs familiers des Muses hautaines,               domadores familiares de musas altivas;
Et les femmes, sans cancans et sans haines,              y las mujeres, sin chismorreos ni rencores,
Illumineraient les soirs de leur grâce.                         iluminarían las tardes con su gracia.

Et l'on songerait, parmi ces parfums                           Y uno podría soñar –entre estas fragancias
De bras, d'éventails, de fleurs, de peignoirs,              de brazos, abanicos, flores, peinadores,
De fins cheveux blonds, de lourds cheveux noirs,     de finos cabellos rubios, de densos cabellos oscuros–
Aux pays lointains, aux siècles défunts.                       con países lejanos, con siglos difuntos.


Charles Cros - Avenir


AVENIR                                                                                     EL FUTURO
Del libro “Le coffret de santal”

Les coquelicots noirs et les bleuets fanés                            Las ennegrecidas amapolas y los acianos marchitos
Dans le foin capiteux qui réjouit l'étable,                            entre el heno animoso que llena de regocijo el establo,
La lettre jaunie où mon aïeul respectable                            la carta amarillenta donde mi respetable abuelo
A mon aïeule fit des serments surannés,                             le hizo a mi abuela juramentos hoy pasados de moda,

La tabatière où mon grand-oncle a mis le nez,                   la tabaquera donde mi tío abuelo metía la nariz,
Le trictrac incrusté sur la petite table                                   el sacapuntas incrustado en la mesita,
Me ravissent. Ainsi dans un temps supputable                  me encantaban. Así, tras un tiempo considerable,
Mes vers vous raviront, vous qui n'êtes pas nés.                mis versos os encantarán a quienes no habéis nacido.

Or, je suis très vivant. Le vent qui vient m'envoie              Ahora estoy muy vivo. El viento me trae
Une odeur d'aubépine en fleur et de lilas,                            un aroma de espino blanco en flor y de lilas,
Le bruit de mes baisers couvre le bruit des glas.                 el ruido de mis besos tapa el de las campanas.

Ô lecteurs à venir, qui vivez dans la joie                                Oh lectores del futuro, que viviréis en la alegría
Des seize ans, des lilas et des premiers baisers,                   de los dieciséis años, de las lilas y los primeros besos,
Vos amours font jouir mes os décomposés.                          vuestros amores llenarán de contento mis huesos descompuestos.


El inventor maldito


La otra gran voz discordante que apareció en la segunda antología de “Le Parnasse contemporain” (y, naturalmente, tampoco volvió a repetir en la tercera, como ocurrió con Mallarmé) fue Charles Cros (1842-1888), el ya mencionado amante fiel de Nina de Villard.



Cros fue una figura singular dentro del ya por sí abigarrado mundillo poético de París. En su caso, por desgracia muy poco conocido hoy, los éxitos de su actividad científica pueden estimarse igual de valiosos que los derivados de su actividad artística. Su biografía es incomparable: un hombre de ciencias y de artes al mismo tiempo, lo más parecido que puede hallarse en el fin de siècle francés al prototipo humanista de “sabio” integral del Renacimiento (junto con Louis Ménard, el ya tratado mentor de los primeros parnasianos). Pues en su haber como profesor de química en la universidad figuran varios inventos relevantes: un innovador aparato de telegrafía, un método pionero para la obtención de fotografías en color y, el más importante de todos, un primer prototipo europeo de fonógrafo reproductor de sonidos. Digo “europeo”, porque en el mismo año que Cros, el archiconocido Edison había creado el mismo aparato, y al final se le otorgó a éste la paternidad del invento al ser en América donde primero se empezó a fabricar y distribuir. Que a ambos se les ocurrió la misma idea al mismo tiempo en dos regiones antipódicas del planeta, es un hecho insólito pero verídico y reconocido: de hecho, la institución francesa que actualmente otorga los premios anuales a las mejores grabaciones discográficas es la Académie Charles Cros. 

La única razón de que Cros no pudiera materializar su invento es que carecía de fondos para patentarlo y poner en marcha su producción en serie. Lo cierto es que confiaba más en su talento literario que en sus posibilidades como emprendedor, y al tiempo de idear el fonógrafo ya había dilapidado sus escasos ahorros en un proyecto editorial previo que consistía en una revista que conjugara el arte y la ciencia, del mismo modo que ambas se conjugaban en su propia mente. Pero este proyecto fracasó después de sólo tres números. Y eso que no le faltaron amistades para contribuir a llenar las páginas de sus revistas: Manet y Zola firmaron varios artículos, mientras que Paul Verlaine era un visitante habitual en la casa paterna de los Cros. A los recopiladores de chismorreos les encantará saber que fue Charles Cros el que, a petición de Verlaine, hospedó durante unas semanas al joven Arthur Rimbaud en su propio apartamento, hasta el momento en que ambos se fugaron para vivir su idilio homosexual lejos de la atención de sus familiares y amigos. Pese a que Cros ni era un puritano ni tenía en demasiada consideración los estrictos convencionalismos sociales de su época, aquella fuga le causó no pocos conflictos y reproches; pues la familia de la abandonada mujer de Verlaine, Mathilde, de la que Cros era muy allegado, le responsabilizó de estar confabulado en el asunto y le convirtió en el chivo expiatorio de la culpa ajena. 



En el plano puramente artístico, sin embargo, Charles Cros ha de ser considerado un gran poeta desdichado o “maldito”, tanto como Verlaine o Rimbaud. Su enorme talento y su extraordinaria inteligencia no le sirvieron para medrar en la vida, como a tantos otros menos dotados que él en todos los sentidos. Los reconocimientos oficiales le estuvieron vedados, al igual que el éxito editorial. Incluso su reputado atractivo físico, que cautivó a tantas mujeres y multiplicó el número de sus amantes (como en el caso del prodigioso Maupassant), tampoco le sirvió para “pescar” a alguna rica heredera enamorada y poner fin así a su penuria económica. Y, sin embargo, habría que valorarle como uno de los poetas simbolistas más importantes de su época. Tanto “El cofrecillo de sándalo” como su obra póstuma, “El collar de garras”, están llenos de versos magistrales y sentimientos humildes que permiten al lector identificarse con el espíritu, grande pero melancólico, del autor. En verdad, se me hace un nudo en la garganta al constatar la pasmosa indiferencia con que fueron acogidos por sus contemporáneos (¿tal vez por envidia hacia sus dotes naturales o por rencor a causa de sus éxitos amatorios?), así como su triste destino final. Al igual que Nina de Villard, Cros pagó cara su adicción a la bebida: acabó sus días vagabundeando por los bulevares y mendigando trabajos de poca monta, una sombra del pasado con una copa de absenta pegada siempre las manos, arruinado e internado en un sanatorio mental cuando sus ideas inconexas comenzaron a alarmar a los viandantes. 

¡Sólo Apolo, y en este caso también Atenea, sabrán por qué, cuando prodigan la semilla de sus dones entre los mortales, en tantas ocasiones el fruto que ésta produce resulta grato únicamente para unos pocos!